Opinión

Lopérfido y Twitter, su aliado electoral

Por Nazarena Lomagno

En paralelo con el transcurso del año de elecciones aumenta la cantidad de potenciales candidatos a nivel local y nacional. Pero el contexto sociopolítico da lugar a la competencia por aquella masa electoral sin referentes políticos por quién alentar.

Así las cosas, el liberalismo intenta posicionarse como la alternativa ganadora. Dentro de capital, Darío Eduardo Lopérfido, calificado con un 8 dentro del “Índice Bolsonaro” de la Revista Noticias, intenta entrar en escena.

“Me voy conforme; voy a seguir residiendo en Berlín, porque al estar vinculándome a muchas cuestiones de la actividad privada de la ópera, es una ciudad muy interesante. Solo iré a Buenos Aires para dirigir la obra”. Cuando en marzo de 2018 Lopérfido renunció a su cargo como Representante Especial para la Promoción de la Cultura argentina en Alemania para continuar con la música clásica y la dirección de la ópera Lulú, en el Teatro Avenida, no contó con que el frente liberal pretendiera personalizarlo como aquél candidato capaz de seducir al electorado que, según él, “sufre una crisis de representación” por ubicarse en la difusa e indeterminada avenida del medio. 

Pero ahora, no sólo abandonará Berlín luego del nacimiento de su bebé, si no que es disputado por el presidente del histórico Partido Autonomista Nacional (PAN), José Romero Feris, el líder de Red Liberal de América Latina, Ricardo López Murphy, y su nexo porteño, el joven creador del partido MejorAr, Yamil Santoro, para enfrentar a la “cosa bizarra” del kirchnerismo y al “populista y poco democrático” macrismo en Capital Federal.

Pese a su declarado escepticismo a la política argentina en LA NACIÓN por definirla como “vulgar”, su “naturaleza intelectual, de razonar y pensar” que el mismo se atribuye regresa para reivindicar a la verdad como “herramienta política”, aseguró a LA PRENSA. Volverá y ¿será millones?

Así se presenta Lopérfido: el hombre dueño del conocimiento de causa, capaz de relativizar el número de víctimas durante la última dictadura cívico-militar, pese a los 22.000 desaparecidos contabilizados sólo hasta 1978 por la agencia de inteligencia chilena, y aún así, encontrar en el kirchnerismo al culpable del repudio generalizado por “llenar el país de fanáticos”.

Con permiso de poder definirse como “ecuánime”, aunque el 17 de febrero en Twitter haya tratado de “adefesio fascista” a la imagen de Eva Perón en el edificio de la Secretaría de Salud y Desarrollo Social, ubicada en 2011, y el 22 publicar que le parece “un espanto que se llame Kirchner el Centro Cultural”. Un político convencido de que es ponderado “por decir las cosas por su nombre”, como afirmó a LA PRENSA, y que Argentina, en realidad, “tiene un problema gravísimo con la verdad.” Difícil de establecer así un debate, aunque sostenga que su diferencia con el oficialismo se acentúe en no rehusarse a darlos.

Siguiendo el sendero de la honestidad, sí es certera la degradación de su vínculo con el actual Jefe de Gobierno y futuro rival, Horacio Rodríguez Larreta, luego de elaborar una denuncia contra varios actores por irregularidades en series y telenovelas  durante la gestión de la ex presidenta Fernández de Kirchner.

El mismo ex-Director del Teatro Colón admitió que el oficialismo se disgustó con su proceder, lo abandonó y el gobernador de CABA le solicitó la renuncia en el Ministerio de Cultura porteño, impulsada también por la fuerte negativa de su frase que pegó de lleno en el pueblo memorioso: “No hubo 30 mil desaparecidos, ese número se arregló en una mesa cerrada”.

Una vez fuera de sus roles dentro del Estado, su alegato frente a la nociva exposición atravesada, fue asegurar, cargado con algo de petulancia, que ocupó el rol de ministro porque se lo habían “prácticamente implorado”. Aún habiendo recibido la espalda, decidió alejarse de su última gestión pública en Berlín aclarando que continuaba “siendo adherente del Gobierno”.

Sin embargo, en lo sucesivo una lluvia de comentarios y análisis negativos cayó arriba del PRO, en donde el ex funcionario dijo que estaban “demasiado lejos” en sus ideas respecto de la política, lo criticó a Larreta de hacer “populismo de Barrio Norte” -sería interesante indagar cómo es el perfil de sus votantes- y le preguntó si los corsos en la calle se hacían por “necedad, complicidad con las murgas o falta de coraje.”

Recientemente, no sólo lo acusó de utilizar al Estado para “armar aparatos y tener punteros”, si no que tampoco le dejó pasar que vistiera remeras: “Hola @horaciorlarreta, nosotros no nos llevamos bien, pero puedo tener un gesto: no te convienen las remeras, te quedan mal”, lo chicaneó por Twitter. Una relación de amor-odio que, más bien, debería analizarse desde el lado de la psicología.

De todos modos, entre todos los vaivenes con la gestión del Jefe de Gobierno, parece ser que lo que más le impactó fue su reemplazo por el director de orquesta Ángel Mahler en el Ministerio de Cultura: “Es un gobierno que no tiene ni la más pálida idea de lo que es la política cultural, ni la más pálida. O sea, pusieron a Mahler para reemplazarme, imagináte, Ángel Mahler”, enfatizó en Infobae a principios de 2018.

Porque sí, aunque no salga de su asombro, es pertinente recordar una frase del ministro de Justicia, Germán Garavano, recientemente dicha en La Rioja: “Todos somos reemplazables. En definitiva en eso está la fortaleza de la democracia de una sociedad”. Incluso los naturalmente intelectuales fuertemente implorados. Pero no se despidió sin antes enaltecer su gestión y desacreditar la política cultural que lo continuó: “Queridos progres del BAFICI lo siento, se creó en 1998 y estábamos De la Rúa y yo”, se jactó el político en LA NACIÓN de la inauguración del Festival Internacional de Cine Independiente y lapidó el campo de la cultura nacional: “La Argentina se tiene muy alta estima cultural.”

Aunque Lopérfido comience a hacer eco en la voz del público – in crescendo- tras sus recientes apariciones, no se encuentran muchas encuestas publicadas sobre la imagen o aceptación de los políticos donde su nombre esté presente. De hecho, ningún político a los que quiso entrevistar este medio le pareció significativo dar su parecer del candidato. En cambio, la cantidad de comentarios y opiniones en redes sociales sobre sus particulares formas de pensar, genera tal repercusión que funciona como recurso para darle un reconocimiento aún mayor del que mantenía.

No es novedad que la política nacional tiende a funcionar con una lógica maniqueísta, donde cada polo partidario cree establecer qué está bien y qué está mal, cómo hacer patria y cómo ser antinacionalista, quién crea y quién destruye, dónde sobra y dónde falta. Un diseño de larga data donde dos líderes políticos simulan rectas paralelas que nunca se cruzan se mantuvo hasta que el oficialismo vino a resquebrajar el tablero: un sector poblacional decepcionado del desempeño del presidente Mauricio Macri y reticente a la vuelta de la senadora Cristina Fernández de Kirchner sufre una crisis de representación, en una suerte de remanente 2001, que lo lleva a reconsiderar una vía alternativa, una tercera recta transversal -aún indefinida- que venga a romper con el binarismo.

Pero estar en la nebulosa electoral es como refugiarse bajo una frágil membrana de cristal: los que se encuentren allí requerirán de especial atención y cuidado, pues todo el arco político intentará atravesarla y muchas veces puede ser el consumo irónico la herramienta que les permita hacerlo. Por cada retweet, por cada like, vale recordar que el presidente brasileño, Jair Bolsonaro, debe gran parte del éxito de su candidatura al efecto multiplicador en redes sociales y su provecho de eso.  Tal como un proverbio chino anuncia: “Todas las crisis encierran oportunidad y peligro.”

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