Opinión

La trampa mortal que salva vidas: crónica del hospital San Martín

Por Camilo González Balducchi

   -¡Ayuda! ¡Por favor! ¡Ayuda! -gritó un trabajador de la cocina del Hospital San Martín en una fría noche de octubre. Su ascensor se había atascado al bajar por el pabellón Damelio, inaugurado tres meses atrás. Durante los diez minutos del rescate, solo se escuchaban los gritos constantes de la víctima y sus golpes a las paredes de metal de aquella trampa mortal.

   -Cuando lograron sacarlo, pobre compañero, tenía una cara de pánico -relató Natalia, una enfermera de la Unidad de Trasplante que participó del rescate-. Es un bajón, puede correr riesgo la vida de los pacientes o de nosotros mismos.

  No solo en Damelio no funcionan correctamente los ascensores, sino en cada pabellón que conforman el complejo hospitalario ubicado en la zona de 1 y 70, que parece un campus universitario estadounidense, con calles internas y un edificio para cada especialidad médica.

   Bajo tierra, túneles subterráneos conectan cada rincón del hospital. Las veces que llueve se inunda y los enfermeros observan como la materia fecal sale de las cloacas y flota en el agua.

   -Así cómo lo ves, este hospital salvó la vida de mi tía -señaló una platense.

                                                 ***

   Ancianos con bastones, madres con bebés en brazos, personas no videntes, señores en sillas de ruedas y médicos entran y salen por la entrada principal del Hospital San Martín. Esos 20 metros cuadrados de vereda que se extienden hasta la puerta son un micromundo sin bicicletero. Así que al llegar, debo atar la bicicleta en las rejas negras que rodean las cuatro manzanas del complejo hospitalario.

   -Muchacho, ¿tienes hora? -me pregunta, con voz temblorosa, un viejo en sillas de rueda. Es flaco, viste camisa celeste y jean, y sus pocos pelos canosos forman una maraña que cubre su cuero cabelludo. Encorvado, espera que su señora le traiga un café del puesto de comidas ubicado a la derecha de la entrada principal.

  -Son casi las diez.

   Es un típico lunes primaveral en La Plata, y a primaveral refiero no soleado y colorido sino a cielo gris, humedad del 85% y chances de lluvia durante toda la jornada. La Municipalidad advirtió Nivel de Atención al Riesgo amarillo hasta el martes por la mañana por precipitaciones persistentes. Además, el sábado pasado llovió 220 milímetros en 12 horas.

   El clima húmedo y pesado se nota en el caos de la calle: por la avenida 1 no dejan de pasar autos, en la vereda los transeúntes se esquivan y no se divisan lugares libres en el estacionamiento de la rambla. 18 motos posan sobre el costado izquierdo frente a la puerta, por donde pasan en promedio casi 50 personas por minuto. A los lados hay dos escaleras, con personas sentadas en ellas, que conducen a un balcón en el primer piso. Sobre la baranda hay un pasacalles del Sindicato de Salud Pública que exige a la gobernadora Vidal “¡reapertura de paritarias YA!”.

  Con calor y traspirado por andar en bicicleta, tomo un descanso en el primer escalón a la izquierda de la entrada. En frente, un senegalés recostado sobre las rejas negras charla con el vendedor de sanguches de milanesas que dejó su puesto, ubicado sobre el cordón de la calle, a cargo de su señora.

  -¿Y? ¿Vendiste algo? -pregunta el hombre, que lleva puesto una gorra, una bermuda y la camiseta de Estudiantes de La Plata, mientras señala con la vista el puesto de carteras, gorras y relojes del extranjero.

   De pronto, se escucha la frenada de un auto y bocinazos. Ambos voltean y ven como un auto blanco escapa por calle 70 mientras su conductor saca la mano por la ventanilla y le hace fuck you a un motociclista que lo putea. Casi se produce otro siniestro vial en la ciudad con más víctimas fatales por accidentes de tránsito del país: 61 en total durante este 2018. 

                                                 ***

   La historia del Hospital Interzonal General de Agudos “José de San Martín” de La Plata se remonta a los inicios de La Plata, fundada en 1882 por Dardo Rocha. En el actual terreno se creó la Casa Municipal de la Sanidad en 1884. Posteriormente, en 1887, la Sociedad de Beneficencia y la Congregación de las Hermanas de Nuestra Señora de la Misericordia se hizo cargo del financiamiento, y cambiaron el nombre de la institución a Casa de la Misericordia.

   Con el transcurso de los años se agregaron pabellones y consultorios nuevos. Adoptó su denominación actual en 1950. Desde entonces se realizaron obras de ampliación y actualización, como los túneles subterráneos, salas para incorporar más especialidades médicas, el primer Banco de Leche Materna Pasteurizada del país y el centro de alta complejidad Alberto Oscar Bossio, donde funciona la guardia en planta baja.

                                                                      ***

   Luego de unos minutos observando el puesto de comidas y las tres mesitas con sombrillas de Arcor del otro lado del micromundo, decido no comprarme un agua y entrar.

   Antes de pasar por la puerta, unos churros sobre un tablón de madera me hipnotizan y freno en medio de la muchedumbre que entra y sale. Están acompañados por tres termos, unos sanguches de milanesa y una pedazo de cartón que hace de caja registradora. Un hombre y una mujer detrás de la mesa, ambos morochos, de piel morena y ropa desteñida, me miran. Antes que pregunten que deseo, continúo mi marcha.

   La planta baja del pabellón central es un pasillo de 60 metros bien iluminado, con tachos de basura cada diez metros y el piso resbaladizo y cubierto de una capa de tierra. Se escucha un constante murmullo y el paso de las personas; y el olor a látex, sudor y comida se mezclan.

   -Mirá, me dieron turno un día después de tu cumpleaños -le comenta un anciano a su pareja, sentados en una fila de cinco asientos a la izquierda de la entrada. Entre ellos y la puerta hay, en un rincón oscuro, dos huecos vacíos en la pared donde deberían funcionar los ascensores números 3 y 4.

   Del otro lado, seis personas esperan los ascensores 5 y 6. Al llegar, de uno de ellos sale un perro negro, con manchas de tierra en su cuello, y se dirige como una persona más hacia la salida.

   -¿Tienen hora? -le pregunta una señora robusta, con los pelos duros y parados como alambre, a la pareja de ancianos. Cuelga una cruz en su cuello, y viste una desteñida campera de lana rosa y pantuflas.

   -Son las diez y media-. Luego de la respuesta, continúa su rengo caminar hasta el otro extremo de la fila de asientos. Al sentarse, apoya los codos sobre sus muslos y se refriega su enorme nariz de oso. Según cuentan los pacientes más recurrentes, siempre la ven en el hospital.

   A todo esto, me apoyo sobre la ventanilla de recepción, ubicada a la derecha, junto a un cajero naranja, representativo de la gestión provincial anterior, que no funciona. Un enfermero pasa frente a mí llevando una silla de ruedas vacía que tiene escrito en su respaldo “HIGA San Martín” con liquid paper. Decido seguirlo.

   A medida que camino por el largo pasillo, el espacio se achica, el techo se acerca cada vez más a mi cabeza y aparecen a mis costados consultorios, escaleras y otros caminos perpendiculares. Hasta que al final las paredes se expanden, pasan a ser totalmente vidriadas y desemboco en el luminoso pabellón Oscar Bossio.

                                                    ***

     -Señora, ¿quiere que la ayude?

    -No, querido. No te preocupes. Puedo sola -se resiste una anciana ciega que baja por las escaleras del pabellón Oscar Bossio. Lleva un saco, unos aros brillantes en las orejas y unos antejos bien oscuros. Agarrada de la baranda, tantea los escalones con su bastón-. Es que me dijeron que no andan los ascensores.

   Y así es, los ascensores 20 y 21 permanecen en planta baja, con sus puertas abiertas y sus espejos rajados y escritos con aerosol. Se ubican en un pasillo, a la derecha de la entrada por el pabellón central, luego de la escalera y los baños.

   Tras el rechazo a ayudarla, le abro la puerta a la anciana. En la pared, cerca del picaporte, se lee un mensaje escrito con fibrón: “Soy trava, petes, Carla”, un número de “wasa” tachado y debajo uno actualizado. De la misma forma, se repite el comunicado cuatro veces más hasta llegar al segundo piso.

   Una vez en el pasillo, hago la cola para pasar al baño. Del de mujeres, sale un señor y el hombre primero en la fila no sabe si pasar o no. Finalmente entra y, segundos más tarde, queda libre el de caballeros.

   El baño es un cuadrado de 2×2, con un mingitorio, un inodoro y un lavamanos donde hay una Gillete descartable, su envoltorio y pelos. Al salir de allí, me doy cuenta que no hay picaporte y no puedo abrir. Por un momento, sentí estar en un ascensor atrapado.

                                                       ***

   Una vez dentro del amplio hall del pabellón Bossio, el enfermero que lleva la silla de ruedas se dirige a la derecha, pasa por delante de la fila del baño y se pierde por una puerta al final del pasillo.

   A la izquierda un pasillo perpendicular de 30 metros conforma la sala de espera de la guardia del hospital. La ventilla de recepción se encuentra al doblar. Del otro lado del vidrio, hay tres secretarias, un policía tomando mates y una gigantografía en la pared del fondo de una niña de cinco años sonriente: “Este hospital salvó mi vida”.

   Luego una puerta lleva a los diferentes consultorios, y una hilera de asientos llega hasta el final donde una puerta vidriada da a una calle interna del complejo hospitalario. A la espera, hay más de 25 personas.

   Aquí el ambiente es distinto que en el pabellón central: el olor a sudor humano es más fuerte, el piso se siente más resbaladizo por la capa de tierra, y se escucha el eco de las voces dispersas y el ruido molesto del llamado de los turnos.

   Al sentarme a espaldas al ventanal de la izquierda, los tres plasmas que cuelgan en la pared de en frente anuncian el turno de la mujer sentada a la derecha, quien pega un trote con pasos cortos hasta la entrada de los consultorios.

   A unos asientos de distancia, otra señora, de piel morena, con una campera de lana violeta y de ojotas, teje una prenda mientras espera ser atendida. Cada vez que suena el ruido molesto levanta la vista a los plasmas, al ver que no es su turno sigue tejiendo.

   Encorvado, un señor canoso y con una pronunciada barba candado se quedó dormido con los brazos cruzados en su asiento, a mi derecha. Viste un pulóver negro, un jean y zapatos de gamuza. Lleva unos anteojos de leer, tiene las orejas estiradas y pelos blancos en la espalda.

   -¡Hola doctor!- Una mujer que le falta un diente se para a saludar a un médico que ingresa a la sala de espera por la puerta de los consultorios. Lleva puesto un buzo blanco a cuadros grises y una calza violeta fluorescente. Tiene una colita hecha en su pelo y rapado a los costados.

   -Pero vení, pero vení -tartamudea el hombre, de piel tostada, que estaba sentado junto a ella. Viste una chaqueta negra, tiene una barba tupida y una cicatriz en la frente.

   -Ya va, ya va -le contesta la muchacha y termina de saludar al doctor.

   -Esperen que en un rato ya los atiendo.

    Luego que el doctor se pierde por el pabellón central, la mujer se vuelve a sentar junto al hombre. Tose, escupe en el piso y lo limpia con la zapatilla.

                                               ***

   -Una pregunta, ¿sabe dónde queda el pabellón Damelio?

   -Sí, venga por acá.

   Un doctor me condujo hacia la parte de atrás del pabellón Bossio, por donde entra la ambulancia. Pasamos por el pasillo de los baños y los ascensores 20 y 21, traspasamos la puerta por la que se perdió el enfermero que llevaba la silla de rueda, y me señaló la salida.

   -Anda por esta callecita, camina unos 30 metros y te vas a chocar con Damelio. Está sobre 71.- Luego de indicarme, el hombre subió por las escaleras que están junto a cuatros ascensores, uno de ellos con un cartel en la puerta: “Fuera de servicio”.

   -Los ascensores no tienen un mantenimiento constante, por lo cual se quedan atrapados compañeros o pacientes -me comenta en el hall del pabellón Damelio Natalia, enfermera de la Unidad de Trasplante.

  El lugar fue reinaugurado a mediados de este año luego de estar cerrado desde el 2007 por problemas en infraestructura. Actualmente cuenta con 62 camas de internación quirúrgica divididas en cuartos dobles.

   -Sin embargo, una de las habitaciones quedó clausurada antes de inaugurarse por mal estado. Además, los baños se inundan y sale materia fecal -comenta Natalia-. Un hospital necesita una limpieza porque, de lo contrario, se decae; si bien se encuentra en mejor estado que el año pasado, se siguen infectando pacientes.

   Hace cuatro años el sector de higiene hospitalario pasó a ser estatal, lo que causó que el personal se redujera en el San Martín de 140 a 84 trabajadores. Actualmente, según relata la enfermera, hay menos de la mitad de la currícula que debería cubrir el mantenimiento y limpieza del lugar: de 8 a 10 trabajadores abarcan el horario de 18 a 24 hs, y otros ocho en el turno noche.

   -Es decir que es la súper explotación, de la explotación, de la explotación laboral. Y esto es reflejo del estado de abandono de los políticos, por supuesto ninguno de ellos se atiende en un hospital público.

   En 2014 el presupuesto provincial destinado a salud fue alrededor de $12 mil millones, lo que significó un 6,7% del presupuesto general. Desde aquel entonces este porcentaje fue decayendo y reflejó un recorte en esta área: en 2015 y 2016 representó un total del 6,3%, en 2017 del 5,6%, en 2018 volvió a ser del 6,3%; pero en el proyecto de ley para el 2019 el  presupuesto para el área de salud es de $51 mil millones, un 5,4% del presupuesto total.

   -El presupuesto que se está por votar responde a los interés impuestos por el FMI y a un recorte general en áreas sociales -sentenció Natalia.

   -¿Y los túneles subterráneos? ¿Cómo los ve?

   -Mejor ni preguntes. Cada lluvia es un peligro. Se inundan, se llenan cada vez de moho, sale material fecal de las napas. Un asco.

                                                ***

   Es viernes tres de la tarde y esta vez vine al hospital acompañado de mi novia. El clima fresco se nota en la calma de la calle: por la avenida 1 pasa un auto cada tanto, en la vereda no hay transeúntes y se divisan espacios libres en el estacionamiento de la rambla. 2 motos posan sobre el costado derecho frente a la puerta, por donde pasan en promedio 12 personas por minutos.

   Una familia toma helado en una de las mesas del puesto de comida, y el senegalés continúa con su venta de joyería  y accesorios, apoyado sobre las rejas usando su celular. En la calle se escucha una frenada y luego un bocinazo de un micro a una combi: casi chocan de nuevo.

   Junto a la entrada, un señor canoso, de larga barba y con un rompeviento azul oscuro vende pebetes sobre un tablón. Adentro, en el hall del pabellón central, hay tres personas en los asientos. Una de ellas es la señora robusta con los pelos duros y parados como alambre. Lleva puesto las mismas pantuflas pero esta vez viste un buzo verde en vez de la desteñida campera de lana rosa. Con los brazos cruzados y las piernas extendidas, cada tanto cierra los ojos y cabecea para adelante.

   En el pasillo vacío de 60 metros no se escucha el murmullo del lunes por la mañana, solo el eco de voces distantes. Con mi novia, caminamos casi hasta el pabellón Bossio y bajamos a los túneles subterráneos por una escalera que en su pared también estaba escrito el número de “wasa” actualizado de Carla.

    El lugar parece uno de esos pasadizos secretos de las películas norteamericanas. Un inquietante silencio ambienta los túneles. El techo se encuentra a la altura de un poco más de dos metros. En las paredes chorrea moho y se observan manchas de humedad de distintos colores. Hay goteras y charcos, y una de las zonas está anegada. Algunos rincones tienen olor a meo y albergan tableros de electricidad abiertos, tablones de madera podridos y máquinas y aparatos que ya no funcionan.

   La finalidad de este laberinto subterráneo es comunicar los pabellones del complejo hospitalario y transportar los pacientes sin tener que pasar por la parte transitada del hospital, aunque hay pocos carteles de señalización y es fácil perderse. “Quién no los conoce se pierde”, había advertido Natalia.

   -¿Podemos irnos de acá?

   Con la cara roja como un tomate, mi compañera camina cada vez más pegada a mí mientras con ambas manos presiona la botella de agua que trajo y gira con fuerza su tapita. Al volver al pabellón central, luego de diez minutos de recorrido, respira profundamente el aire fresco que entra por la entrada.

   -¿No sabía que eras claustrofóbica?

   -Yo tampoco.

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