Opinión

¿De qué hablamos cuando hablamos de “grieta”?

Por Nicolás Torres Ressa. Lic. en Filosofía por la UNLP.

Hay una palabra que todos los argentinos conocemos muy bien, que ha inspirado ríos de tinta a periodistas, sociólogos, psicólogos, filósofos, entre otros campos disciplinares. Una palabra que, al parecer, llegó para quedarse un largo tiempo más: la palabra “grieta”.

Los más memoriosos recordarán que el primero en emplear la palabra “grieta” en el sentido que todos conocemos fue el periodista Jorge Lanata, en la entrega de los Martín Fierro del año 2013. A partir de ese momento, fue un boom. Todos empezamos a hablar del problema de la grieta.

Dentro del periodismo, nadie pudo ignorar ese concepto, ni siquiera los periodistas más críticos del trabajo de Lanata. Desde hace 5 años, la “grieta” ejerce un exorbitante magnetismo sobre el periodismo argentino. Sin embargo, a pesar de que mucho se ha dicho y escrito sobre “la grieta”, la opinión pública argentina todavía se debe una reflexión a fondo acerca del significado de este término.

“Grieta” es un término muy poco claro y muy impreciso; es tan confuso, que podríamos considerarlo lo que el antropólogo Levi Strauss llamaría un “significante flotante”, es decir, una palabra sumamente ambigua, imprecisa, abierta siempre a nuevos sentidos.

Para poder realizar el trabajo de definirla, nos va a ser muy útil identificar su contexto de surgimiento. Allá por el año 2013, un sector del periodismo y un sector de la ciudadanía consideraron que el Gobierno de aquel entonces promovía activamente el odio y la confrontación entre los argentinos.

La “grieta”, por aquel entonces, fue aquella línea divisoria, en apariencia infranqueable, entre kirchneristas y anti-kirchneristas, que habría trazado el Gobierno kirchnerista. A pesar de haber sido acuñado por un periodista explícitamente anti-kirchnerista, el concepto de “grieta” también fue utilizado por el kirchnerismo, especialmente después de la derrota electoral del 2015.

El uso kirchnerista de la palabra “grieta”, sin embargo, contaba con una no poco importante diferencia: para los kirchneristas, el agente que provocó la grieta no fue la ex Presidenta Cristina Fernández sino el Grupo Clarín, multimedios opositor.

La “grieta” no es un fenómeno exclusivamente argentino, por más que en nuestras latitudes hayamos elegido este particular nombre para designarla. Trasciende a la dicotomía “kirchnerismo – anti-kirchnerismo”. A lo largo del año 2018, inclusive, surgió una nueva “grieta”: el pañuelo celeste, en contra de la legalización del aborto, y el pañuelo verde, a favor.

Ahora bien, ¿por qué estamos expuestos a que se den las “grietas”? Creo que la
respuesta la tenemos que situar en el contexto filosófico actual: la posmodernidad.
La posmodernidad es, en palabras de Jean-François Lyotard, la “caída de los grandes meta-relatos”, es decir, la pérdida de valor vinculante de las grandes concepciones acerca del lugar privilegiado del hombre en el Universo y en la Historia. En nuestros tiempos posmodernos, no nos sentimos ni identificados ni interpelados por esos relatos que le daban un significado trascendente a nuestras acciones y a nuestras vidas.

La Verdad objetiva, esa Verdad que iba con mayúsculas, cayó. Sólo nos quedan verdades con minúscula, los constructos de cada cultura particular. Todas las Verdades que se creyeron objetivas y universales y todos los valores que se creyeron absolutos fueron desenmascarados y resultaron ser imposiciones de los poderes hegemónicos, que hicieron pasar sus propias verdades y sus propios valores por las verdades y los valores de toda la humanidad.

El padre de la posmodernidad fue Friedrich Nietzsche. En Verdad y mentira en sentido extra-moral sostuvo que la Verdad no era más que una mentira. Una mentira que nos hemos olvidado que lo era, pero una mentira al fin y al cabo, una artimaña llevada a cabo por nosotros, los seres humanos, para sobrevivir. Tras haber creado el Conocimiento y la Verdad, creímos ser el centro del universo, pero resulta que el Universo existió millones de años sin nosotros y que continuará existiendo millones de años más después de nuestra
extinción.

Detrás de todas las verdades, detrás de todos los conocimientos que eran tenidos
por ciertos, objetivos, indudables e imparciales, resultó que había intereses, que había
relaciones de poder. Acertadamente, Paul Ricoeur llamó a Nietzsche, junto con Marx y
Freud, uno de los “maestros de la sospecha”. Durante tres milenios de filosofía, los filósofos se preocuparon por encontrar la Verdad que se escondía detrás de la apariencia.

Después de Nietzsche, la Verdad resultó ser, paradójicamente, una apariencia. Todos los grandes debates actuales beben de la filosofía posmoderna. Hasta el siglo XIX, el quid de los desacuerdos consistía en quién poseía la Verdad. Esas eran las “grietas” de antes. Eran tiempos de Verdades absolutas, siempre con mayúsculas. Verdades inflexibles, inmodificables, inmóviles, dadas de una vez y para siempre. Esas Verdades causaron océanos de sangre.

A lo largo del siglo XX, la filosofía, espantada por toda la sangre derramada, descubrió que los conocimientos que se proclamaban Verdades absolutas eran resultado de intereses ocultos y de relaciones de poder. En el siglo XX descubrimos que no hay nada que se quede quieto, sino que, por el contrario, nuestra propia cultura cambia permanentemente, en un movimiento incesante.

También nos dimos cuenta que para lograr cambios duraderos en la cultura es preciso reformar el lenguaje porque el lenguaje instituye realidad. Las “grietas” que surgieron en la posmodernidad no fueron “grietas” como las de antaño, las que discutían quién decía la Verdad. Las “grietas” de la posmodernidad son grietas de discursos y de relatos que luchan por cristalizarse en el sentido común: ya no importa quién tiene la Verdad, sino quién la construye, quién logra imponer su verdad particular como la Verdad universal.

Por este motivo, las diferencias son insalvables: ninguna de las partes en pugna va a querer jamás cederle nada a las otras. Las de antes eran las “grietas de la Verdad”, las de ahora son las “grietas de la posverdad”. En las grietas de la posverdad, no hay acuerdo posible porque no hay ninguna instancia superadora en la que pueda llegarse a un acuerdo.

Las grietas de la posverdad son grietas en donde no se busca encontrar la Verdad, sino que lo que se busca es producirla. En ellas, lo más importante no es lo que decimos explícitamente sino lo que no decimos, los conceptos que solapadamente queremos inocular en el sentido común y en la opinión pública. La sospecha exacerbada nos llevó a una situación de una desconfianza muy incómoda.

Esa desconfianza permanente es el fundamento filosófico de aquello que hemos dado en llamar “grieta”. Ahora bien, ¿qué debemos hacer? ¿Debemos volver a las Verdades con mayúsculas inmóviles e inmodificable, que tanta muerte y destrucción han causado? ¿Debemos conformarnos con la posverdad? Personalmente, creo que estamos ante un falso dilema. No tenemos que renegar de la sospecha, pues es un gran insumo con el que cuenta la filosofía y, en ese sentido, los aportes de todas las corrientes filosóficas de la
posmodernidad son insoslayables.

Sin embargo, necesitamos algo más que la sospecha, es decir, necesitamos superar la posmodernidad y la posverdad. Estamos ante un desafío filosófico muy extraño, algo totalmente nuevo cuyas consecuencias aún son muy difíciles de prever. Creo que la filosofía tiene que volver a tocar un tema que hoy por hoy se ha vuelto “tabú”: las pretensiones de Verdad y de objetividad.

¿Esto significa volver a la Verdad incuestionable, inmodificable e inmóvil, la que deja dentro a algunos y afuera a otros? ¿Significa volver a la Verdad de la que algunos pueden eventualmente pretenderse dueños con el derecho de imponérsela a otras personas y a otras culturas? La respuesta es un no rotundo. El desafío filosófico es aplicarle a la Verdad los atributos que hasta ahora sólo le hemos aplicado a la cultura. El desafío filosófico es aplicarle a la Verdad los atributos de aquello que Platón llamaba “apariencia”.

Es un desafío muy difícil de pensar porque es ir a contrapelo de por lo menos tres mil años de filosofía. Para que sea pensable, se debe superar un viejísimo y arraigado prejuicio: que la Verdad es algo inmodificable e inflexible y que la cultura, por su parte, es lo único que siempre cambia. La apuesta filosófica, entonces, es pensar una objetividad que sea devenir, que sea movimiento: volver a Heráclito.

La tarea sería, entonces, pensar una Verdad y una objetividad que no sean absolutas. La palabra “absoluto” viene del latín absolvere, que significa “desvincular”. Su etimología nos da una pista de lo que deberíamos evitar: una Verdad y una objetividad que
están desvinculadas de todo contexto, una Verdad y una objetividad que se mantienen
siempre iguales e indiferentes ante los vaivenes de la cultura y de la Historia. La Verdad
objetiva cayó por haber sido absoluta; la posmodernidad nació como una respuesta a ella.
No debemos pensar la Verdad como algo desvinculado de la realidad concreta, sino que la debemos pensar como algo que está en relación, que está siempre en movimiento. La
posmodernidad nos hizo pensar la cultura como algo que se mueve y que tiene poder
performativo, lo cual es un logro indiscutible y de suma importancia. Ahora, hay que pensar la Verdad como algo capaz de moverse y de fluir.

A pesar de lo difícil que puede llegar a resultar esto, me parece que encontrar una Verdad que cumpla con esos requisitos nos pondría a resguardo de dos situaciones: en primer lugar, de matarnos entre nosotros por dirimir quién tiene una Verdad que es impasible, que no puede cambiar y que tiene que ser siempre igual a sí misma; en segundo lugar, reinsertaría la Verdad en nuestro horizonte de expectativas, rehabilitaría una de las más antiguas aspiraciones de la filosofía a lo largo de toda su historia. Una Verdad así sería el mejor antídoto frente a las “grietas” de la Verdad y las grietas de la posverdad.

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