Opinión

La batalla cultural

Por José Queruza. Lic. en Ciencia Política. Docente de la UBA.

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Notas sobre Maquiavelo sobre la política, el gobierno y el Estado en tiempos del crecimiento invisible.

“Trincheras”

Antonio Gramsci, uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano, quien muriera en 1937 luego de padecer las cárceles del régimen fascista de Mussollini, escribió unos 32 cuadernos que son recordados como los “Quaderni del cárcel”, entre estos escritos publicados post mortem está “Notas sobre Maquiavelo sobre la política y sobre el Estado moderno” donde toma la obra de Maquiavelo para  hacer una revisión de la  literatura y la historia italiana. Como lectura obligada en las filas juveniles del Kirchnerismo durante la última parte del gobierno de Cristina y más actualmente también citado por el eurodiputado español Pablo Iglesias de PODEMOS, su análisis sobre la política donde la asociaba a las tácticas militares de la Primera Guerra Mundial, en correlación con el pensamiento del militar y filósofo prusiano Carl Von Clausewitz quien afirmaba que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, pero sobre un campo de batalla donde ya no se disputaba una guerra de movimientos, como vemos en los cuadros de la guerra de independencia con un genial San Martín desplegando sus ejércitos en movimientos envolventes al enemigo, sino una moderna entonces guerra de trincheras. Esas “trincheras” que se cavaban en el campo de batalla también estaban en el campo político y se hallaban construidas en la sociedad civil, que se componía de las instituciones no estatales como los partidos políticos, los medios de comunicación, centros educativos, sindicatos, organismos eclesiales, clubes de futbol, asociaciones profesionales, etc. Gramsci entiende que todas estas instituciones están imbuidas de una ideología emanada por la clase dominante que a través de un proceso de lucha marcado por relaciones conflictivas de fuerza y coerción, pero también con consenso y seducción, la cual denomina HEGEMONIA. Así los sectores dominantes desarrollan una capacidad de convencer a las mayorías sociales con un discurso alineado en todas las arenas de la sociedad. El discurso comecoco, de cualquier campaña mediática encuentra adherentes en diversos sectores sociales, profesionales y políticos porque ha sido aprendido y replicado en miles de estas instituciones sociales desde que estábamos en el jardín de infante hasta en el club del barrio. Por eso dentro del pensamiento político de izquierda del siglo XX, Gramsci, incorpora la necesidad no solo de dar la batalla en el área económica sino también en el área de la cultura y el discurso donde se afinca la ideología de las clases dominantes hegemónicas.

 

La Batalla Cultural

A partir del 2012 los sectores juveniles del kirchnerismo intentaron una vía teórica gramsciana. Ponerle nombre a la disputa que tenía el gobierno de Cristina con Clarín y La Nación, implicó definirla como una “Batalla Cultural” contra un bloque hegemónico constituido por los medios de comunicación concentrados, la Sociedad Rural, sectores de la justicia opuestos al kirchnerismo y los sectores financieros lastimados por el cambio de rumbo económico que en el 2008 había terminado con las AFJP, entre otras cosas. Aquella batalla cultural tuvo muchos rounds desde su anuncio y la mayoría ciertamente fueron derrotas para el kirchnerismo, tal vez la mayor de ellas es no haber podido constituir un bloque contrahegemónico amplio en el 2015 como sí lo hiciera en 2011.

La hegemonía política nunca dejó de ser favorable al sector que representa Macri. La muestra de eso es que cuando lograron vertebrar un bloque de poder, que hasta el 2008 estaba fragmentado, luego de algunos traspiés electorales no paró de ganar elecciones.

Ese traspié fue el 2011, el año del empate hegemónico, cuando Cristina arrasó con el 54% de los votos. El discurso kirchnerista del Bicentenario de entonces había logrado permeabilizar esas “trincheras” sociales diversas. Por eso Macri, nuestro Principe Posmoderno trata de enfrentar esas múltiples trincheras de mil formas posibles, casi todas con la billetera del Estado. Nada nuevo.

 

De la grieta al abismo

La batalla cultural, si bien la perdió el kirchnerismo, logró tocar algunas fibras profundas en ciertos lugares sensibles de la sociedad como son la juventud, algunos sindicatos, movimientos sociales de base, al mismo tiempo que paranoiqueó a las burocracias sindicales, partidarias, a los poderes concentrados de la economía agroexportadora y a sectores del contradictorio sector industrial nacional, que podían coincidir con Cristina pero que necesitaban una salida más dócil como podía ser Florencio Randazzo o Sergio Massa, que conociendo esa necesidad del establishment económico-politico, decidieron tirarse a la pileta sabiendo incluso que la pileta estaba vacía. A Randazzo no le alcanzó con demostrar que había sido un buen funcionario y Massa con su alianza con Margarita Stolbizer alejó más votos peronistas que los votos progresistas que atrajo.

Macri, o mejor dicho, su consiglieri Duran Barba, armó la táctica un poco parecida a la de Cristina, pero a la inversa. Si para Cristina se trataba de permeabilizar esas estructuras, tomarlas convirtiéndolas en propias al proyecto de gobierno. Recordemos que en ese momento se le cuestionaba a Cristina que abría focos de conflicto en muchos lados al mismo tiempo y se la acusaba de dividir al país y generar la “grieta”. En el caso actual, de Macri, consejo de Duran Barba, hoy se trata también de tomar una actitud de enfrentamiento y conflicto con esos mismos sectores para permeabilizarlos, pero ya no para ganarlos sino para dividirlos internamente y a partir de ahí desnaturalizarlos de la idea de unidad colectiva para crear la idea de individualidades que operan inconexas y enfrentadas, y a así plantear una nueva forma hegemónica más acorde al modelo que está desarrollando Cambiemos de coerción con consenso.

Si Macri está haciendo lo mismo que Cristina, también debe conocer sus riesgos y peligros. Cuando a Néstor y a Cristina les decían a la oposición dispersa y también antidemocrática en sus formas que formaran “un partido político y ganen las elecciones”, esos sectores difusos y dispersos se unieron, acordaron un discurso y ganaron las elecciones del 2015. Duran Barba debe saber que si el peronismo, los sectores feministas, los universitarios, los sectores del trabajo, los desencantados votantes por el desarrollo de la economía, del costo de las tarifas, de las inflación y también sectores del sodomizado votante radical, sensible a las políticas de Derechos Humanos y el ninguneo político al que son sometidos diariamente. Una muestra de eso es el “acting” que protagonizó Nicolas Massot en el programa de Antonio Laje (ver https://www.pagina12.com.ar/100457-estamos-al-aire). No podemos asegurar que se trató de una equivocación, un daño colateral, o un error calculado para seducir a sectores peronistas bonaerenses dubitativos y proclives a la conveniente situación de hacer política con la billetera llena. Entonces el penetrar, dividir y cooptar para reinar parece ser la peligrosa forma que eligió Macri para asegurar su reelección en 2019.

 

Cuestión de tiempo

Si bien todos sabemos que el 2017 terminó al otro día que Cambiemos ganó las elecciones parlamentarias de medio tiempo, así también, vemos que el 2019 afloró entre las montañas de piedras que en diciembre pasado crecieron durante la sanción de nueva Ley Jubilatoria.

El 2018 es un impasse, no existe. Es un tránsito que estará marcado por el futbol, las miles de campañas mediáticas, las cortinas de humo y las idas y venidas para tratar de encontrar espacios de satisfacción y de aparcamiento político para hacer tiempo.

Duran barba y sus turiferarios ya han decidido la táctica a seguir para este año: escandalizar las pantallas con debates sensibles para la población. Pero para dejarlos inconclusos por la sola razón de tensar y polarizar las posiciones, y trabajar con la pobre inocencia de la gente (como diría León Gieco). Reformas como el arancelamiento universitario, el cobro a los inmigrantes por los servicios de salud gratuitos, el establecimiento de una ley de aborto legal y gratuito y la despenalización de la marihuana, son todas cortinas de humo que agitan las mañanas de los diarios y los canales de noticias donde el jefe de gabinete, Marcos Peña, la vice presidenta Gabriela Michetti, o el mismo Macri, agitan la histeria de una población  que no logra descansar de los sobresaltos económicos y políticos.

Sin embargo, estos juegos mediáticos del poder ejecutivo generan un enorme impacto sobre sectores sensibles. En el país del femicidio y el NI UNA MENOS, hablar del aborto no es un tema menor, más cuando se movilizaron, como jamás lo hicieron antes, cientos de miles de mujeres este 8 de marzo, (a las que acompañamos con respeto y solidaridad en esas luchas). También cientos de miles habían movilizado por la aparición de Santiago Maldonado, y lo mismo el 21 de febrero cuando una gran cantidad  de trabajadores y movimientos sociales fueron convocados por el sindicato de Camioneros a marchar y protestar, inundando la Avenida 9 de Julio de Buenos Aires sobrepasando las expectativas del oficialismo del Triunvirato de la CGT, que salvo Smith, el resto no adhirió  a la movilización. Hasta Moyano mismo se debe haber sorprendido del tamaño de la convocatoria, que hoy se ve con la posibilidad de reposicionarse sindicalmente más allá de la tibia y complaciente CGT, pero también que deberá asumir una responsabilidad política mayor.

Por ahora la insinuación que hizo Pablo Moyano de reeditar el Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA que enfrentó a finales de los 90 al gobierno de Menem) y las declaraciones de su padre de aportar en la “reconstrucción del peronismo”, con Cristina adentro, lo ponen al camionero entre los actores centrales del momento.

Estas verdaderas puebladas, el 21F, el 8M, etc, que se vienen repitiendo, parecen no molestar al gobierno. Es más, parecieran generadas por ellos mismos. Como si fuera que el conflicto y el antagonismo sería la forma de consolidar y acrecentar el capital político propio. Algo así como, “si les gustó hasta acá, les traemos más”. Tal vez por eso la Ministra de seguridad, Patricia Bullrich se mantenga en el Ministerio de Seguridad pese a los casos Maldonado, Nahuel, Chocobar donde el gatillo fácil y la represión ilegal e ilegítima ha sido en signo común denunciado los organismos de Derechos Humanos y los partidos políticos de la oposición.

A simple vista, ya pasó el latiguillo discursivo de la “pesada herencia”, pero no porque dejara de ser efectivo, sino porque cada vez son más públicos los casos de corrupción y ocultamiento de cuentas, negociados y malversaciones de funcionarios del círculo íntimo del presidente.

De aquí hasta las elecciones de 2001, todo será así, una repetición de puestas de escena mediáticas para histerizar a la ciudadanía, tratar de alejarla de visualizar una opción política alternativa. Pero, más acá, aún no sabemos si el peronismo podrá unirse para construir una opción de poder y programática que encolumne a toda la oposición en un nuevo proyecto amplio, representativo, fresco, renovador, mayoritario, y pueda, por lo menos, presentarse a dar batalla electoral en el, ya ahí, 2019.

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